La hermosa ciudad de Kuching

Nos instalamos en casa de nuestros amigos de Miri, Mary y Brian, que estaba a unos pocos kilómetros de la ciudad de Kuching, y pasamos la mayor parte del tiempo en aquella aldea, consistente en un puñado de casas esparcidas por un camino de tierra. Visitamos Kuching un par de veces, y me gustó mucho la ciudad. Es la segunda más grande de la parte malasia de Borneo, y aquí prevalece la cultura malasia-china, tanto en la decoración de las calles, los templos, los restaurantes, y la mayoría de la gente es de procedencia china.

Cultura china 1Cultura china 2

Pero nosotros, por supuesto, encontramos nuestro “Little India”, donde comer nuestros rotis, roti con huevo para Luca, y unos currys con pollo y arroz.

Parece ser que es la ciudad de los gatos, hay dibujos, grafitis, estatuas y rotondas con gatos por todas partes. Pensé que esta ciudad le gustaría mucho a mi madre, gran amante de dicho animal.

Gatos de Kuching 1Gatos de Kuching 2Gatos de Kuching 3

También aquí visitamos un museo textil, donde se exponían las prendas típicas de Sarawak (nombre de esa zona de Malasia), con un gran trabajo manual de piedrecitas de colores cosidas. Este tipo de manualidades con bolitas, también en collares, pulseras y demás, son muy típicas de esta zona, sobre todo en color rojo, negro, blanco y amarillo, colores de la bandera local.

Museo textil de Kuching

Aquí aprendí que el tatuaje de mi antebrazo, que llevo allí desde hace muchos años, tiene formas típicamente originarias de esta zona, como muchos lugareños me dijeron. Obviamente, yo cuando me lo hice a mis 19 años en Barcelona, sin haber salido de España más que en un viaje que hice a Roma con mi madre, no tenía ni idea. Pero me hizo pensar cómo es la vida, que finalmente te hace encontrarte con tus raíces, de una forma u otra.

Fue en Kuching donde Luca me compró mi billete de avión desde Bombay hasta Paris para el 21 de Diciembre, para poder pasar juntos las navidades. Yo le había dicho que me gustaría pasar las fiestas con él, pero que en ese momento no me podía comprar el billete. Él me preguntó si realmente quería, y me dijo que si así era, él podía comprarlo para mi. Esto me hizo ver que realmente me quería… Luca no es una persona que se gaste el dinero en cualquier cosa, eso lo puedo asegurar. Que me comprase él mismo el billete me demostró que realmente quería tenerme allí con él, pasara lo que pasara. Es una pena que finalmente nunca llegara a coger ese avión.

El primer día que volvimos a la aldea después de visitar Kuching, nos costó un poco encontrar la casa, que al estar prácticamente en medio de la nada, es difícil recordar la ubicación exacta. Fue muy divertido porque el coche que nos llevó hasta allí, iba siguiendo nuestras indicaciones, y tuvimos al pobre chaval dando vueltas arriba y abajo incapaces de acordarnos de donde veníamos, entre risas y la cara del conductor de “quien me manda a mi recoger a estos imbéciles”.

Aparte de visitar la ciudad, también hicimos mucha vida en la aldea. Había una pequeña tienda a un kilómetro escaso de nuestra casa, donde fuimos a comprar algunos víveres para hacernos de comer, y la señora que nos atendió tan amablemente nos dijo que al día siguiente se celebraba allí al lado, en el río, una carrera de barquitos. Era por grupos, cada grupo fabricaba su propia embarcación, normalmente hechas con palos de bambú, e iban río abajo en una ruta que por lo visto era bastante larga. El punto que se encontraba cerca de la aldea, era la línea de meta, y era allí donde se celebraba la entrega de premios y donde se hacía todo el festín. Parece ser que era un evento muy importante de la zona, todo el mundo asistía, y claro, no podíamos ser menos, ahora éramos vecinos! Así que a media mañana fuimos para allá, y efectivamente aquello era todo un evento.

Como siempre que ocurre en Asia cuando hay cualquier tipo de concentración de gentes, las calles estaban repletas de puestos de comida, que en este caso eran vecinos y asociaciones, que traían la perolas hechas de casa, o cositas medio preparadas y lo acababan de cocinar allí a petición del cliente. Tomamos varias platillos, no recuerdo bien el qué, aunque para la comida principal los organizadores del evento nos dieron a Luca y a mi unas raciones de arroz con pollo que nos acabó de llenar la barriga, y que nos tomamos sentados desde lo alto, viendo como llegaban los primeros “piragüistas”. Ya por la tarde, y todavía esperando a que acabaran de llegar todos los concursantes, nos sentamos bajo una sombrilla a tomar unas cervezas y pasar el rato con aquella gente.

Cuando llevábamos un par de birras entre pecho y espalda, empezó a cambiar el tiempo, un nubarrón se apoltronó encima de la aldea, y comenzó a caer una lluvia de fin de mundo. Al principio hasta nos hizo gracia, ya que antes de que se pusiera a llover hacía un calor de mil demonios, y estando bajo aquel parasol no nos caía la lluvia directa, sólo nos mojábamos un poco y nos refrescaba. Pero al cabo de un rato ya estábamos como sopas y empezamos a tener bastante frío, con lo que agarramos nuestras cervezas y nos refugiamos bajo un tejado, perteneciente a una casa vecina. Allí había ya mucha gente resguardándose de la lluvia, y nos sentamos en medio de todos. Los lugareños seguían mirándonos un poco extrañados, pensando qué leches hacen estos dos extranjeros aquí, en esa aldea perdida de la mano de dios, donde seguramente el hombre blanco no pisa muy frecuentemente.

Pronto nos hicimos amigos de un gran grupo de gente que estaban sentados alrededor de una mesa, comiendo pipas y charlando, y nos unimos a ellos. También habían estado tomando birras, y el ambiente en general estaba bastante distendido, de risa floja. Fue un día de lo más divertido, aunque después de todo, finalmente no vimos la entrega de premios.

La estancia en Kuching fue genial, hasta la última noche, en la que Luca y yo tuvimos la bronca más fuerte de toda nuestra relación, y en mi caso, la bronca más bestia que he tenido con nadie en mi vida. Empezó de la manera más tonta, los motivos ni siquiera importan. Creo que habría pasado lo mismo bajo cualquier otra excusa. Había una bomba, y debía estallar. Nos gritamos mutuamente, como locos. Nunca he gritado así a nadie, y nunca me habían gritado así. Nunca había visto esa ira salir de mi, y no me gustó nada verlo. La bronca duró horas, acabé con un dolor de garganta insoportable, y terminó con un empujón de Luca que me tiró sobre el sofá, en un momento en que me puse delante de él para no dejarle pasar. Yo acabé diciéndole que lo nuestro se había acabado. Con esta ya era la tercera vez que le dejaba, por cierto.

Finalmente Luca recogió sus cosas y se marchó, pasando la noche fuera. Yo pensaba que sería la última vez que le vería la cara, pero volvió muy pronto por la mañana, cuando aún estaba amaneciendo. Yo estaba despierta en la cama, y vi que alguien se acercaba a la ventana de la habitación, pero se fue enseguida. Deduje que era él, me levanté deprisa y le dije por la ventana que esperara un momento, que iba a abrirle la puerta.

Según me dijo, había pasado la noche en casa de uno de los chicos con quien habíamos estado la tarde anterior comiendo pipas, que después del chaparrón nos había llevado hasta su casa para enseñarnos donde habitaba. Los dos estábamos exhaustos de la pelea del día anterior, yo me sentía como si tuviera una resaca de campeonato, y Luca la tenía, ya que había estado bebiendo como un cosaco con su amigo por la noche.

Le dije “No pensé que fueras a volver”, a lo que me respondió “Eso es porque no eres consciente de lo mucho que te quiero”. Yo le respondí que no, no era consciente de ello. No hablamos mucho del tema, sólo recuerdo decirle que esto no podía volver a pasar… Era culpa de los dos, los dos nos habíamos encendido como llamas, pero aquella pelea había sido terrible, y no podía volver a pasar algo similar. La verdad es que ambos nos quedamos muy tristes después de aquello, y de nuevo la ruptura de la noche anterior, quedó en nada.

Ese día dormiríamos en el aeropuerto, ya que teníamos nuestro vuelo a Kuala Lumpur muy temprano, y debíamos estar facturando a las cinco de la mañana. Era la primera vez que dormía en un aeropuerto, y me sorprendí porque fui capaz de dormir unas cuantas horas a pesar de no ser el lugar más cómodo del mundo, encima de aquellos bancos de plástico duro. Incluso Luca me tuvo que despertar cuando se hizo la hora de ponerse en marcha, y me costó un ratito desperezarme.

Y así, prontito por la mañana, llegamos de nuevo a Kuala Lumpur, lo que nos daba bastante tiempo para hacer gran parte del recorrido hasta Kuala Besut, puerto de salida hacia las islas Perhentian, siguiente destino. Teníamos unos 500 kilómetros por hacer hasta Kuala Besut, pero dado que en Malasia las autovías abundan y son decentes, era factible. Y lo conseguimos gracias a nuestro último conductor, un chico musulmán que nos cogió en medio de la autovía.

Fue una situación un tanto extraña, ya que él no iba hasta Kuala Besut, pero tampoco entendimos muy bien a donde iba. No hablaba casi inglés, y paramos en un sitio, no recuerdo el lugar, donde recogió a un amigo suyo que sí hablaba nuestro idioma. Sospecho que el amigo vino únicamente para poder comunicarse con nosotros. El chico se tomó muchísimas molestias para ayudarnos; le dije que necesitaba una ducha, y paró en una mezquita, donde pude ducharme en el baño de mujeres. En Malasia, no se bien por qué, es muy común encontrar duchas en cualquier lugar con toma de agua. En este país me he duchado en todo tipo de lugares, en baños de carretera, en aeropuertos, en medio del bosque, e incluso esa vez, en una mezquita.

Después de mi ducha, seguimos la marcha, y al rato paramos otra vez, y nos invitaron a cenar. Yo no sabía muy bien por qué seguían conduciendo sin parar, yo estaba exhausta, quería parar en cualquier sitio y dormir, pero ellos seguían conduciendo. Yo iba dormitando en la parte de atrás, y finalmente llegamos a Kuala Besut. Les agradecimos mucho que nos hubieran traído hasta allí, y de hecho ahora ellos debían dar la vuelta y volver como 200 kilómetros atrás hasta su casa. Realmente no se por qué se empeñaron en llevarnos tan lejos, pero me imagino que el deseo de ayudarnos pudo más que el agotamiento de tantas horas al volante.

También nos ayudaron a encontrar sitio para dormir; nos llevaron a un hostel, pero yo le dije a Luca que me negaba a pagar una habitación sólo para dormir unas pocas horas, que prefería acampar en cualquier lado, y finalmente, con el beneplácito de la dueña de aquel hostel, acabamos poniendo la tienda en el tejadillo del edificio, con suelo de cemento, cosa que me molió los huesos de la cadera.

Nos marchamos pronto por la mañana, ya en dirección a las islas Perhentian. Después de comprar nuestro billete de “speedboat” para llegar hasta allí, de nuestro tradicional desayuno indio, y de comprar víveres para pasar unos días, nos plantamos en la isla “Kecil”, la isla pequeña de Perhentian.

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