Una experiencia inesperada en Sandakan

Después de unos cuantos días relajándonos en las playas de la isla Mabul, volvimos a tierra firme con nuevo destino en mente: Sandakan. No era un lugar excepcionalmente importante en mi lista, pero era una ciudad que no estaba lejos de Semporna, y no quería hacer jornadas de autostop maratonianas, sino que preferí hacer trayectos más cortos y con más paradas entre medias. Sin yo poder imaginarlo entonces, finalmente Sandakan resultó ser uno de los lugares que recuerdo con más cariño.

Llegamos ya de noche, traídos por un señor malasio-chino, que con muchísima bondad hasta nos ofreció darnos dinero para pagar un hotel. Nosotros obviamente le dijimos que no era necesario, agradeciéndole muchísimo el gesto, y el hecho de que nos hubiera traído hasta allí. Entramos en un hostel que tenía buena pinta, y estuvimos a punto de quedarnos allí, pero yo pensé que era mejor idea mirar un poquito más antes de decidir, y ahora me alegro muchísimo de haberlo hecho, porque de esa manera encontramos Sandakan Backpackers; fue el segundo hostel al que entramos, y creo que nada más pisar por la puerta, nos dimos cuenta del buen “vibe” del lugar. Creo que cuando uno entra a un lugar y dentro hay buenas personas, el cuerpo lo nota de alguna manera y en seguida te sientes a gusto allí. Esto fue lo que nos pasó en Sandakan Backpackers.

Al entrar habían una chica y un chico tras el mostrador, se llamaban Za (ella), y Zu (él), eran malasios-malays, y los dueños del lugar. Za me enseñó una habitación, y en seguida decidí que quería quedarme. Sin yo decir nada, nos hicieron descuento en el precio, lo que hacía el lugar perfecto del todo. Nos instalamos en la habitación, y recuerdo decirle a Luca que necesitaba una noche de sexo desenfrenado… El pobre hizo lo que pudo, aunque como ya dije anteriormente, nunca fue una máquina en la cama.

Za y Zu nos habían invitado a subir a la terraza para cenar, ya que habían preparado algo para todos los presentes, y también estábamos invitados. De modo que después de quitarme el calentón y darnos una buena ducha, nos reunimos con los demás en la terraza. Allí estaban todos los habitantes del hostel, a parte de los dueños, y todos formaban parte de una gran familia; el buen rollo se notaba en el ambiente, y todos parecían conocerse desde siempre. Aquella celebración era la despedida de una pareja, que marchaban al día siguiente. Entre la multitud recuerdo especialmente a un chico guapísimo, Lucho, un mejicano que se hospedaba allí con su hermano Ricardo, aunque yo hasta bastante después no supe el parentesco entre ellos. Recuerdo que yo subí un poquito más tarde que Luca, y al aparecer por la puerta estaba él sentado en una hamaca, hablando con un chico sentado a su lado, y cuando me vio aparecer dijo “Mira! Aquí esta”; en ese momento se giró Lucho para verme y me sorprendí de lo guapo que era aquel chico. Luego ya me ganó del todo cuando dijo que había hecho guacamole para la cena, uno de mis platos favoritos.

Al día siguiente le pedí a Zu si podíamos cambiar de habitación, ya que la nuestra tenía un olor un poco raro, y me dio otra sin problema, no sin antes volverme a bajar el precio sin yo mediar palabra… Realmente era un chico muy majo, aunque pensé que con esa actitud nunca llegaría a ganar una fortuna en el mundo de los negocios. Pero me imagino que tampoco era su intención.

Al día siguiente supuestamente nos marchábamos de allí; nuestra siguiente parada era el Monte Kinabalu, donde pensábamos acampar. Zu había mirado el tiempo, y daban lluvias por toda aquella zona, y nos aconsejó que nos quedáramos. Incluso nos dijo que podíamos poner nuestra tienda de campaña en la terraza, y que no tendríamos que pagarles nada. No podía creerme que el dueño de un hostel nos estuviera invitando a quedarnos en su local de manera gratuita, y me di cuenta de que realmente este no era un hombre interesado en hacer dinero, simplemente tenía este negocio para poderse ganar la vida, pero ante todo estaba dotado de un gran corazón.

Entre unas cosas y otras estuvimos en Sandakan Backpackers tres días más. Nos sentíamos tan a gusto allí con ellos… no sólo Za y Zu, sino también con los hermanos mejicanos, y todos los demás mochileros que iban pasando por allí. Pasábamos el día en el salón, donde habían unos sofás y colchones alrededor de una mesita, y justo al lado estaba la cocina. Era un espacio abierto con mucha luz y muy acogedor; el lugar invitaba a pasar largos ratos. Tomábamos café, íbamos al mercado a comprar verduras para hacer comida, cocinábamos, tomábamos una cerveza, o simplemente nos relajábamos allí todos juntos, conversando y escuchando música.

Sandakan Backpackers Borneo Malasia
Un rinconcito de Sandakan Backpackers
Sandakan Backpackers Borneo Malasia
Za pintando la pared

 

También pasábamos buenos ratos en la terraza; era un lugar precioso, justo en frente del mar, con hamacas y sofás para relajarse, y además pasaba un vientecito por allí arriba muy agradable, que ayudaba a soportar el calor del día. Los mejicanos también utilizaban el lugar para hacer yoga por las mañanas.

Sandakan Backpackers Borneo Malasia
Terraza de Sandakan Backpackers

Fueron unos días geniales, con esa gente tan amable y con el corazón tan grande. Pasamos a ser parte de la familia; Zu a veces nos comentaba que tenían que salir a hacer unas cosillas, que nos quedásemos a cargo del lugar, por si venía alguien. De esa manera, en alguna ocasión Luca hizo de botones, enseñando las instalaciones a viajeros que preguntaban por las habitaciones, cogíamos los recados si alguien llamaba por teléfono, y pequeñas ayudas por el estilo.

Yo incluso dejé mi huella; en las paredes habían algunos dibujos de otros viajeros que habían pasado por allí, y pensé que quizá yo también podía dejar mi imprenta en este lugar maravilloso, y así lo hice. Pasé largas horas dibujando con boli y rotulador una especie de Mandala geométrico, que quedó como huella de mi paso por allí.

Sandakan Backpackers Borneo Malasia
La pared de la inspiración
Sandakan Backpackers Borneo Malasia
Mi mandala

 

Hicimos buena amistad con Za y Zu, y reafirmamos esa amistad por medio de la comida; yo preparé mi tortilla de patata para ellos, y ellos prepararon al día siguiente una comida para nosotros, que era lo más delicioso que había comido en mucho tiempo. Habían varios platos diferentes, pero lo que más recuerdo es un guiso de pescado y un mejunje hecho a base de flor de banano, que estaba de rechupete. Desde entonces cuando veo las flores colgando de este árbol, las miro de otra manera.

Sandakan Backpackers Borneo Malasia
La cenita con mi tortilla!
Sandakan Backpackers Borneo Malasia
Comida deliciosa preparada por Za

 

Durante esos días en Sandakan Backpackers fue donde compramos los billetes de vuelta a Kuala Lumpur, y donde se decidió mi futuro próximo: por fin compré mi billete de avión a Kathmandu para principios de septiembre.

La última noche Luca y yo nos enfadamos; era nuestra primera discusión desde que habíamos vuelto, pero no sería la última, por supuesto. Yo me enfadé con él porque salió con otros chicos del hostel y volvieron a las tantas, borrachos como cubas, y encima me despertaron y me hicieron levantar de la cama al volver, ya que tuve que ir a abrirles la puerta. Y Luca se enfadó conmigo porque me quedé durmiendo en uno de los colchones del salón, en lugar de preparar la tienda de campaña en la terraza para que durmiésemos los dos juntos.

Así que comenzamos de morros la ruta a nuestro siguiente destino, el Monte Kinabalu. Aunque el enfado no nos duró mucho, cuando llegamos a los pies de la montaña ya se nos había pasado.

Nos dejaron justo a la entrada del Parque Nacional de Kinabalu, y lo primero que recuerdo fue el cambio brutal de temperatura con respecto a los lugares anteriores, hacía un frío helador, y nada más bajarnos del coche, nos pusimos encima toda la ropa que llevábamos en la mochila, que no era mucha…

Parque Nacional Kinabalu Borneo Malasia
Entrada del Parque Nacional de Kinabalu

Aunque nuestra idea había sido acampar, vimos que de noche hacía demasiado frío, y sobre todo yo no estaba preparada para estar a la intemperie en ese climaterio, así que decidimos que era mejor buscar una habitación. Encontramos un hostel genial a un kilómetro escaso de la entrada del Parque Nacional que visitaríamos al día siguiente, con sus mantitas en la cama y ducha con agua caliente. Entonces ya era de noche y no pudimos apreciarlo, pero a la mañana siguiente vimos el precioso paisaje que tenía aquel hostel alrededor; estábamos encima de una colina, y todo lo que se veía desde la terraza del restaurante eran campos verdes a lo bajo, cubiertos de flores de colores.

El paisaje alrededor del Monte Kinabalu era precioso, verde, montañoso y con el aire más puro y fresco que podía recordar. Los pueblecitos eran cuatro casas desperdigadas en medio de los montes, con alguna chimenea humeante por la mañana. Yo que soy una persona de montaña… me sentía en mi salsa en este rincón del mundo.

Nos levantamos prontito y fuimos al Parque Nacional, como habíamos previsto. Comenzamos la caminata abrigados y tiritando, pero a medida que iban pasando las horas, nos íbamos desprendiendo de más y más ropa, hasta quedar en shorts y tirantes, nuestro look habitual.

El parque era precioso, y estaba a las faldas del famoso Monte Kinabalu, que se veía hermoso, imponente y altísimo desde ahí abajo.

Monte Kinabalu Borneo Malasia
El Monte Kinabalu

Hicimos un buen trekking alrededor de todo el parque, y nos dio tiempo a hacer varias rutas, lo que nos llevó casi todo el día.

 

Parque Nacional Kinabalu Borneo Malasia
Parque Nacional de Kinabalu
Parque Nacional Kinabalu Borneo Malasia
Parque nacional de Kinabalu

Cuando ya nos cansamos de caminar entre la selva, decidimos relajarnos un ratito en unas aguas termales que había a unos pocos kilómetros, y que entraban en el precio del ticket que habíamos comprado para visitar el parque nacional.

Aquel lugar estaba repleto de locales, que parecían pollos a remojo en las pequeñas bañeras de agua tibia. Me dio rabia que donde el agua estaba más calentita, no estaba permitido bañarse, ya que ahí salía demasiado caliente, y entonces si que habríamos hervido como pollos.

Pasamos otra gélida noche bien cubiertos con mantitas, en ese hostel a los pies del monte, y a la mañana siguiente nos marchamos.

A partir de aquí, no teníamos ninguna parada prevista hasta llegar a Kuching, a 1.200 kilómetros de donde nos encontrábamos. Es decir, que las paradas que realizáramos en el camino, serían aleatorias, y dependerían de nuestros buenos conductores. Pero no teníamos ninguna prisa, y simplemente queríamos disfrutar del camino y de las nuevas compañías que surgirían en él.

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