El ferry de pesadilla hacia Borneo

Aquel viaje en coche desde Palopo hasta Pare Pare fue toda una experiencia… realmente intentan incrustar a toda la gente que pueden entre aquellas puertas, me encantaría saber cuanto paga cada pasajero por ir allí metido como ganado en un camión. Hubo un momento en el que íbamos como cuatro personas en la parte de delante, y como yo era la más delgadita, me metieron en medio, de forma que el cambio de marchas casi me quedaba entre las piernas, y yo ya no sabía cómo “sentarme”.

Cuando ya llegábamos a Pare Pare, llamaron al móvil del conductor, y este me lo pasó. Era Lisda, “confesándome” que ese tipo no era amigo suyo, pero que no querían que fuera haciendo autostop. Me eché a reír y le dije que lo supe desde el primer momento, y que se lo agradecía mucho. Me dijo que el conductor me llevaría al puerto, para que pudiera comprar mi billete de barco. El objeto de volver a Pare Pare, era poder coger un ferry que me llevara hasta Kalimantan, en la isla de Borneo.

Llegamos al puerto, y no supe muy bien por qué, el conductor del coche que me había traído, esperó allí conmigo. En el puerto habían muchas agencias diferentes para comprar los billetes, y entré a la primera que pude. En Asia, sobre todo en los lugares más remotos, los transportes funcionan así; los billetes no se venden en una taquilla en la estación, sino que para comprarlos has de ir a una agencia, como si fuera una de esas agencia de viajes donde te organizan las vacaciones.

Antes de llegar yo había mirado los precios de los billetes, porque uno en Asia, teniendo la piel blanca, ha de manejar ese tipo de información, o a una le pueden tomar mucho el pelo. Entré en la primera agencia y pregunté por el próximo barco hacia Balikpapan, principal puerto en Kalimantan.

El tipo me dijo un precio mucho más caro, y me dio mucha rabia porque tuve la sensación de que me estaba intentando tomar el pelo. Me fui a otra agencia, y no se por qué, el conductor del coche continuaba siguiéndome. Entré a otra agencia, pero la gente no me entendía, nadie hablaba inglés. Fui a otra, y lo mismo.

Me estaba volviendo loca; preguntaba por el siguiente barco hacia Balikpapan, y en cada agencia se limitaban a decirme “Nononononono!”

No entendía nada, y aquella gente sólo me decía que no. Me veían desesperar y se reían de mi. O quizá no se reían de mi, pero yo me estaba poniendo furiosa. Me sentía como en una jaula de grillos, y el conductor se acercó a mi de nuevo con el teléfono, indicándome que Lisda quería hablar conmigo. Le dije a mi amiga que me estaba volviendo loca, que necesitaba comprar mi billete cuanto antes pero que no entendía lo que estaba pasando, y ella me dijo algo de que el conductor me iba a llevar a no se donde… yo le dije que no quería ir a ninguna parte hasta que solucionara mi problema, y que quería que el tipo me dejara sola, así que se marchó. Luego supe que la pobre Lisda le había pedido al conductor que me llevara a casa de un amigo suyo, para que no tuviera que pagar alojamiento, pero en el nerviosismo del momento, no la había entendido. Pobrecita, sólo quería ayudarme y yo casi le colgué el teléfono de mala manera… cuando más tarde volví a hablar con ella le pedí perdón, pero es que realmente me estaba poniendo histérica en esa situación de locos.

Total que ahí seguía yo, rodeada de gente que no me entendía, ni yo a ellos, intentando conseguir un maldito pasaje de barco. Finalmente, gracias al cielo, conseguí hablar con una señora de una de las agencias, que por fin me explicó como buenamente pudo, que ni aquel día ni al siguiente habían barcos hacia Kalimantan. Que tenía que esperar allí, al menos, dos días. Le agradecí efusivamente que se hubiera tomado la molestia de explicarme lo que pasaba, y decidí irme, tranquilizarme y descansar, y volver a la mañana siguiente a comprar el billete que me fuera más conveniente según lo que hubiera disponible para los próximos días. Así que volví al hostel donde había estado la vez anterior con Luca, y descansé de aquella odisea.

A la mañana siguiente volví al puerto, y como aquella señora tampoco hablaba mucho inglés, decidí hacer en un papel un esquema, para preguntarle muy visualmente qué días y con qué destinos, habían barcos. Al enseñarle el papel, me indicó que barcos podía coger; había uno al día siguiente, que era más caro porque era un barco privado, y otro dos días más tarde, que era más barato, pero por contra tenía que esperar un día más. Como mi visado de Indonesia iba a caducar pronto y no me permitía mucho más tiempo, compré el más próximo, el del día siguiente.

Aquel día en Pare Pare, fue increíble lo descaradamente que la gente me miraba por la calle… me sentí como si yo fuera Beyoncé contoneándome por aquel lugar, y entendí lo agobiante que debe ser el ser famoso. Yendo sola era mucho peor que con Luca, incluso me sentía incómoda, por el simple hecho de pasar al lado de la gente. Caminar al lado de un grupo de chicos… ya se convertía en pesadilla, me comían con los ojos de arriba a abajo, y me decían cosas que por supuesto yo no entendía (casi mejor).

Dando una vuelta por aquel lugar descubrí los deliciosos dulces con hielo típicos de este país. Paré en un puesto especializado en este tipo de bebidas, y me encantó el Es kelapa, hielo con coco, que es un granizado con trocitos de coco, sirope de sabores, leche condensada, perlitas de gelatina y algunos frutos secos. Habían muchos más tipos, y tenían un montón de tarritos con cosas diferentes para mezclar en los granizados.

Aquella noche cené un ikan bakar en un restaurante cercano a mi hostel, el pescado a la brasa que era uno de mis platos favoritos, y que me parecía muy apropiado tomar en un pueblo pesquero.

Y por fin llegó el día en que cogería aquel ansiado barco. Realmente no sabía donde me estaba metiendo… era un ferry gigante, en la parte de abajo llevaban carga, pesadísima carga, incluso camiones, y en las plantas de arriba, repleto hasta la bandera (nunca mejor dicho), de personas. En todas las plantas habían camarotes, pero habían muchísimos más pasajeros que camarotes, y el hecho de tener billete, no te daba derecho a cama. Para viajar en cama, había que pagar más, bastante más. De este modo, los pasillos estaban completamente abarrotados de gente tirada por el suelo, con sus pertenencias al lado, y había que ir saltando entre piernas y brazos para desplazarse por allí.

Antes de subir al barco, me había hecho amiga de un chico, un lugareño muy majo que iba a Kalimantan a ver a su familia. Fuimos juntos hasta el tercer piso, creo recordar, y un señor nos “acomodó” en una esquinita que estaba libre. En el suelo habían unos sacos de plástico, que eran nuestras “camas”, por llamarlo de alguna manera. Mi amigo le pagó una cantidad a aquel señor por aquel trozo de saco; me dijo que incluso por estar en esas condiciones, había que pagar, lo que hizo desorbitar mis ojos. Yo le dije que no pensaba pagar ni un céntimo por aquello, y el señor, que no tuvo ánimos de afrontarme, se marchó con las manos vacías.

Estando allí sentados, se acercó a mi un señor uniformado, de unos cuarenta y tantos años. Yo era la única extranjera entre aquellos miles y miles de pasajeros, así que le llamé bastante la atención. Resultó ser el segundo capitán del barco; me pidió que le enseñara mi billete, y cuando lo hubo visto me dijo que intentaría conseguirme una habitación para mi. Le di las gracias y se marchó, diciendo que volvería en un rato.

Y allí estuvimos mucho rato mi amigo y yo, sin que aquel barco se moviera por fuera, aunque por dentro había todo el movimiento de gentes del mundo, arriba y abajo, para aquí y para allá, gente pasando continuamente, con su barullo, sus bártulos, su sudor y su resignación. Por fin el maldito barco comenzó a surcar los mares, nada más y nada menos, que con seis horas de retraso. Mi amigo me dijo que él hacía ese viaje cada mes, y que siempre salía con mucho retraso. Le di el pésame por tener que hacer ese esfuerzo titánico una vez al mes, y realmente me pareció increíble la paciencia de santo Job que ese chico poseía. El viaje duraba 26 horas.

Nada más ponerse el barco en marcha, volvió a aparecer el segundo capitán, y me dijo que no había podido conseguir habitación, que estaban todas ocupadas, pero que si quería podía dormir en su camarote, que tenía una litera con dos camas. Viendo el percal que me esperaba si me quedaba allí, con toda esa jauría de gente, el calor del infierno que hacía allí dentro, y la imposibilidad de pegar ojo en toda la noche en esas condiciones, le dije que si y marché con él cargada con mis pertenencias, y diciéndole adiós a mi amigo, y buena suerte.

Dejé mi mochila en el camarote, y subí con el capitán a la sala de mando, en lo más alto del barco.

Allí habían otros dos chicos, más jovencitos, uno al timón, y otro mirando unas pantallitas.

Ferry Pare Pare sulawesi Balikpapan borneo kalimantan
Primeras horas en el ferry
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Los navegantes

Habían dos sillones altos, los típicos sillones de capitán, y yo me senté en uno de ellos. Me explicaron un poquito en qué consistía la maquinaria y todos esos chismes, y me puse a mirar con los prismáticos, que yo no veía nada concreto, pero me hacía ilusión hacer este gesto tan típico.

Ferry Pare Pare sulawesi Balikpapan borneo kalimantan

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Maquinitas de la sala de mandos

Estuve allí un buen rato, y estaban todos encantados con mi compañía. Desde allí arriba pude ver una puesta de sol preciosa, sin nada más que agua azul alrededor, en medio del océano, y el sol tintando las nubes en varios tonos de naranja.

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Empieza el atardecer
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El cielo teñido de naranja

Desde allí arriba también podía ver un espectáculo mucho menos agradable; los asiáticos en general tienen un respeto nulo por el medio ambiente, para ellos el suelo está para tirar en él sus desperdicios, y el mar no es diferente. Desde allí arriba podía ver como los pasajeros tiraban por la borda con toda tranquilidad bolsas de basura enteras, y todo tipo de mierda.

Al cabo de un rato, fui al camarote, me duché, y el capitán me trajo algo para cenar. Más tarde subí otro ratito a la sala de mando, por la noche era precioso el panorama, con la sala y todo alrededor prácticamente a oscuras, y se veían las estrellas brillando muy fuerte.

Al irme a dormir, me sentí un poco incómoda; la forma en que me hablaba el capitán, me hacía sentir así, no por lo que me decía, sino por su actitud. Tampoco era exagerado, pero tuve que hacerme bastante la sueca. El tipo intentaba sobarme todo el rato con la excusa de darme masajes (burda excusa), y yo que no, que estoy bien, que no necesito ningún masaje.

Ya cansada de esa situación, le dije que me iba a dormir. Él estaba sentado a mi lado, yo me hice la dormida y pude ver que en un momento dado, creyéndome dormida, muy sigilosamente intentó mirar debajo de mi pantalón… pegué un bote que le hizo botar a él también, y en ese momento se puso muy nervioso y se fue a dormir. Esto me hizo replantearme si era buena idea quedarme allí… si quizá mientras estuviera dormida, podría intentar de nuevo algo similar. Pero me tranquilicé pensando que yo me despierto en seguida cuando noto algo cerca de mi, y si eso pasara, me daría cuenta. Había una cortina que dejaba mi cama cerrada, así que cerré la cortina y recé para que al tipo no se le ocurriera intentar nada parecido durante la noche, confiando en que mis ángeles protectores actuarían también en esta ocasión. Me desperté varias veces, me imagino que mi subconsciente estaba muy alerta en esa situación, y cada vez que lo comprobaba el capitán dormía a pierna suelta, además de que tenía que empezar su turno de madrugada, con lo que compartimos sólo unas pocas horas de sueño en la misma habitación.

Aun en esa situación, dormí bastante bien… desde luego mucho mejor de lo que habría dormido ahí abajo en aquel saco roñoso, rodeada de gente, sudor y ruido, ya que, aun desde el camarote, podía oír el barullo que había en las plantas de abajo. Me compadecí de mi amigo…

Ya por la mañana, el capitán me trajo desayuno, y me pasé la mayor parte de la mañana tumbada en la cama, porque el vaivén del barco me estaba mareando.

Cuando ya no faltaba mucho rato para llegar, recogí todas mis cosas y volví a subir a la sala de mandos, a disfrutar de aquella vista por última vez, y que me diera el aire fresco del mar en la cara.

Fuera de la sala, conocí a un grupo de chicos que me pidieron hacerse una foto conmigo. Iban todos vestidos iguales, y llevaban unas botas grandes y muy recias, que me hacían sudar sólo de verlas. Uno de ellos me dijo que eran moteros, que tenían sus motos en la parte de abajo del barco, y que iban a hacer ruta en moto hasta Malasia, que era también hacia donde yo me dirigía. Estuve tentada de ir con ellos, pero finalmente descarté la idea, porque mi visado acababa pronto, y ellos se iban a tomar el camino con más calma. La verdad es que habría sido chulo unirme a la banda de moteros… pero no podía arriesgarme a salir del país fuera de tiempo, así que emprendí mi viaje sola de nuevo.

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